lunes, 17 de septiembre de 2012

TALLER DE POESÍA ONLINE



Si estás interesado en escribir poesía y hacer una revisión crítica de tus poemas pide informes a
jair_cm@hotmail.com

domingo, 24 de junio de 2012

POEMAS QUE SON PLEGARIAS


Para mi Suky y mi Kaiser, estas palabras sin correa…

En mi época universitaria trabajé como mesero en un restaurante (propiedad de unos tíos, quienes me dieron casa y alimento los cinco años que duró la licenciatura en Literatura Hispanoamericana). En todo momento me sentí adoptado por la generosa familia Ordóñez Brasdefer, que me veía como a un hijo. Sin embargo, fueron tiempos difíciles porque mi madre trabajaba en el norte de México para poder financiar parte de mis estudios, y los de mis hermanos, a quienes extrañaba profundamente. También sentía nostalgia por los amigos de aquel puerto tropical donde había transcurrido parte de mi infancia y adolescencia. Me mantenía firme gracias a las cartas de mis seres queridos, es decir, gracias a las palabras que venían del corazón y la mente de aquellos a quienes yo amaba, y de los libros que iba encontrando en el camino o que amigos míos ponían frente a mí, para la nostalgia: Li Po; para comprender los excesos de la libertad: On the road, de Jack Kerouac; para la melancolía adolescente y la idea de resurrección: Oscura palabra, de José Carlos Becerra; para asuntos filiales y el infierno de la burocracia: Franz Kafka.

Creo que una de las lecciones más reveladoras acerca de la fuerza de la palabra poética fue cuando Manuel (amigo y compañero mesero) me mostró una hoja que guardaba en su cartera y que tenía escritos a mano los siguientes versos: “…soy otro cuando soy, los actos míos/ son más míos si son también de todos,/ para que pueda ser he de ser otro,/ salir de mí, buscarme entre los otros,/ los otros que no son si yo no existo,/ los otros que me dan plena existencia,/ no soy, no hay yo, siempre somos nosotros”. Le pregunté si sabía de quién eran esos versos. “No son versos, es una oración que rezo todos los días”, me respondió tajante. Supe que este fragmento de “Piedra de sol”, quizá uno de los poemas más famosos de Octavio Paz, había trascendido el territorio de la literatura para incrustarse en el de la vida espiritual de un hombre, borrando títulos y autores. Dejé las cosas como estaban; aunque yo supiera de quién se trataba, no era yo el “maestro” si no la poesía que me enseñaba lo que era sobrevivir día a día.

Ahora, con más lecturas en mi vida, tengo un conocimiento mayor acerca de obras, autores y corrientes literarias, pero sigo pensando en muchos poemas como plegarias personales, conjuntos de palabras que, al estar unidas, generan energía más allá de la razón y el entendimiento, como aquellos versos de un poema de Leonard Cohen, contenidos en su maravilloso libro La energía de los esclavos, que recuerdo siempre y son mi fortaleza y fe en días aciagos (como estos días en que escribo estas líneas): “Yo no me maté cuando las cosas me fueron mal/ no me dediqué ni a las drogas ni a la enseñanza./ Intenté dormir, pero cuando me di cuenta que no podía dormir/ aprendí a escribir./ Aprendí a escribir/ cosas que pudieran ser leídas/ en noches como ésta/ por gente como yo.”


Tomado de mi columna, Bitácora Bifronte, en La jornada semanal (24 de junio de 2012)

sábado, 2 de junio de 2012

Rainer María Rilke: cartas al tiempo (Mi columna en La jornada semanal)



La obra poética de Rainer María Rilke no se circunscribe, como podría pensarse, a sus poemas. Su obra escrita en prosa, como Los cuadernos de Malte Laurids Brigge y el conjunto de textos epistolares, conocido como Cartas a un joven poeta, demuestran una sensibilidad poética que rebasa los géneros literarios. Las Cartas a un joven poeta son el resultado de una estrecha correspondencia entre Rilke y Franz Xaver Kappus, a quien le debemos, en palabras de Vicente Quirarte, “haber tenido el valor para dirigirse al maestro, haber conservado sus cartas y publicarlas veinte años después de la muerte de su autor”. Esa inocencia con la que Kappus habría de acercarse al consagrado poeta es lo que, quizá, enterneciera a Rilke, quien en una serie de cartas respondió no sólo a las preguntas de su interlocutor sino a los cuestionamientos que él mismo se formulaba. En sus cartas, Rilke no se limita a proponer una preceptiva literaria o poética, habla desde lo íntimo y sus ideas acerca de la poesía emergen de una manera confesional y total.

     Hay que acotar que al publicar las cartas de Rilke, Kappus decidió omitir las propias con la idea ferviente de que sólo el poeta debería hablar, mostrando una verdadera lección de humildad: “Lo único importante son las diez cartas que siguen. Importante para saber del mundo en que vivió y creó Rainer María Rilke. Importante también para muchos que se desenvuelvan y se formen hoy y mañana. Y ahí donde habla uno que es grande y único, deben callarse los pequeños.”

     En la primera carta, fechada en París, el 17 de febrero de 1903, Rilke insta al joven Kappus a que indague en sí mismo en lugar de preguntar si sus versos son “buenos”: “Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí […] Ahora bien (ya que me permite aconsejarlo), le suplico renuncie a todo eso. Su mirada está dirigida hacia afuera; sobre todo, es lo que debe evitar en lo sucesivo. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. No hay más que un solo camino. Entre en usted. Busque la necesidad que lo obliga a escribir, examine si sus raíces penetran hasta lo más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir.” Rilke plantea un problema esencial respecto al arte de la poesía: la diferencia abismal entre el oficio de poeta y la simple escritura de poemas. El oficio de poeta implica la asunción absoluta, el reconocimiento y autodescubrimiento del propio ser, mientras que la escritura es un acto circunstancial, un hecho derivado de un primer movimiento que es el saberse poeta. Rilke marca el punto de inicio de una poética propia de la que nacen sus aspiraciones no sólo artísticas sino vitales: la introspección, el camino de la soledad para poder comprender, de una manera mucho más profunda, el misterio de la vida, tal como lo dictan los siguientes versos de sus Sonetos a Orfeo: “Eres, amigo mío, solitario, porque…/ Paulatinamente nosotros nos apropiamos del mundo/ con gestos de la mano y con palabras,/ tal vez su más endeble y peligrosa parte.”

lunes, 13 de febrero de 2012

El Miedo, Krishnamurti y Raymond Carver









Para Miguel





Cuando alguien le preguntó a Krishnamurti cómo liberarse del miedo que domina todas nuestras actividades, el filósofo respondió que había diversos tipos de miedo y que no se necesitaba analizar cada uno: “En primer lugar, lo que se vence habrá de conquistarse una y otra vez. No es posible vencer, sobreponerse a ningún problema; el problema puede ser comprendido, no vencido.” Y más adelante se preguntaba él mismo, para indagar en lo más profundo de la experiencia: “¿De qué tenemos miedo? ¿Tenemos miedo de un hecho, o de la idea acerca del hecho? ¿Tenemos miedo de la cosa, tal como es, o tenemos miedo de lo que creemos que es? ” Las preguntas lanzadas por Krishnamurti son en sí mismas respuestas reveladoras: separan el hecho de la idea, lo concreto de lo abstracto.
Por su lado, Raymond Carver, en uno de sus más impactantes poemas, titulado precisamente “Miedo”, explora, desde un tono conmovedoramente confesional, los diferentes miedos a los que su ser (el de todos nosotros) se enfrenta, miedos cotidianos: “Miedo a ver una patrulla policíaca estacionándose en mi patio/ […] Miedo al teléfono que suena a mitad de la noche.” Su poema también sondea temores abstractos: “Miedo al pasado resucitando./ Miedo a que el presente vuele/ […] Miedo a la ansiedad./ Miedo de que aquello que yo ame resulte letal para los que amo. ” Miedos que nacen con nosotros o que se arraigan en nuestra más tierna infancia: “Miedo a las tormentas eléctricas […] Miedo a los perros, aunque me digan que no muerden.”
Me pregunto ¿cuántos de nosotros experimentamos estos miedos? ¿Cómo, en silencio, convivimos con nuestros temores, en un zoológico mental, creyendo que estamos a salvo, separados de ellos por rejas imaginarias? “El pensamiento es producto del pasado –dice Krishnamurti– y sólo puede existir gracias a las palabras, a los nombres, a los símbolos, a las imágenes, y mientras el pensamiento considere y traduzca el hecho, tiene que existir el miedo.”
Sin embargo, el miedo es el signo de nuestros tiempos; hay un desasosiego que se mezcla con la esperanza, panoramas claroscuros, ríos revueltos en donde ganan pescadores egoístas y tramposos, cuya ventaja es el poder que nosotros les hemos confiado. Más temores: miedo a la guerra, pero no a la idea de la guerra sino a la cotidiana, la que diariamente corre por calles y veredas de México; y también la otra guerra, la que ejercemos todos contra todos, tratando de sobrevivir al conductor que maneja en el carril de al lado, al que nos hace la vida imposible detrás de un escritorio; miedo a la burocracia, miedo a que un error en nuestro nombre nos impida cobrar la quincena; miedo a que nos confundan con un criminal o un policía; al abandono en el que nos tienen los gobiernos; miedo al futuro porque tenemos miedo del pasado; miedo a ingresar a un hospital y no salir vivos o, como dice Carver: “Miedo a la muerte./ Miedo a vivir demasiado./ Miedo a la muerte/ Pero ya dije eso.”






Tomado de Bitácora Bifronte. Mi columna en La jornada semana de La jornada.

domingo, 8 de enero de 2012

CREER EN LA ESCRITURA

Para Reyna Montes, mi mamá

Soy escritor. Desde hace más de dos décadas me dedico a escribir. Escribo poemas, ensayos, reseñas, prólogos y artículos. Durante todo este tiempo he vivido la escritura, desde aquella que se fragua en la mente y que, ayudada por la memoria, va madurando de manera lenta, hasta vaciarse, por medio de un lápiz, en el papel. También, a lo largo de muchos años, usé una “máquina de escribir” (que me regalaron mis papás), con la que desvelé a mis vecinos y en la cual experimenté, guiado por la ira y la rebeldía, la excitación adolescente de pensar que escribía con metralleta. Más tarde llegó la computadora: una pantalla, un cursor, un teclado más suave y silencioso. Y cuando surgió internet comencé a escribir directamente en un blog, en el muro (de los lamentos y las celebraciones) de Facebook, en el chat, en una escritura que oscila entre lo individual y lo colectivo y que, muchas veces, nace para dialogar en el momento mismo de su concepción. De tal manera que escribo en diferentes circunstancias todo el tiempo: paso del boxeo de sombra, en el silencioso gimnasio, al ring lleno de boxeadores que son, al mismo tiempo, espectadores. Y sigo creyendo en la escritura y, por lo tanto, en el libro impreso, en el grafiti, en los mensajes que viajan a través de los teléfonos celulares, en los aforismos, avisos, diatribas, elogios y reflexiones que se publican en Twitter.
A propósito del tema, hace unas semanas, Mario Vargas Llosa declaró: “No tengo nada en contra de internet pero prefiero leer en papel. Mi temor es que el libro se frivolice como ha ocurrido con la televisión, que ha sido importante, pero no ha dado muchos frutos creativos.” Habría que responderle que no toda la televisión es Televisa ni todos los libros son El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Aquellos que piensan que la escritura sólo sobrevive “en viejos formatos” subestiman el poder de las palabras, dudan, en el fondo, de las fuerzas que son capaces de convocar. Las modificaciones sustanciales en la escritura, al ser una necesidad vital, no dependen de la tecnología sino de nuestro espíritu que puede buscar lo múltiple y encontrar su realización en la multipresencia o fragmentación virtual que le ofrece la tecnología.
Por mi parte, estoy consciente del momento histórico que me tocó vivir: un tiempo como el descrito en los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot, en donde “están presente y pasado mezclados tal vez en el futuro, y el futuro en el pasado contenido”, un tiempo entre el papel y la pantalla, entre la conversación cara a cara y aquella que se realiza con un océano de por medio. Escribir me convierte en un explorador: en el salón solitario de mis recuerdos, en el laberinto de la imaginación, en la fila del banco, frente a la playa o contemplando un video en Youtube. En lo que a mí concierne, me siento testigo de un eslabón que a la larga habrá de sostener a la historia. No creo que hubiera mejor tiempo para nacer.



De Bitácora bifronte, mi columna en La jornada semanal :)



domingo, 11 de diciembre de 2011

¿ALGUIEN HA VISTO MI MEMORIA?




Ray Bradbury, en su novela Fahrenheit 451, apostaba por la memoria humana como la única forma de conservar el conocimiento ante la posible extinción de los libros: “Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia” dice Granger a Montag, el bombero quema-libros. Pero en nuestros días cabe la pregunta, ¿qué tan importante es nuestra capacidad nemotécnica?
“No sé dónde dejé mi memoria” es una frase que escucho con frecuencia y que, incluso yo, he pronunciado alguna vez, refiriéndome a ese pequeño dispositivo de almacenamiento de datos conocido como memoria USB. La frase, más allá del juego de palabras, evidencia un síntoma inconfundible de nuestro tiempo: la gran cantidad de información, así como su disponibilidad en todo momento, que le conferimos a la tecnología. ¿Cuántos nombres, referencias, direcciones, hemos dejado de retener en la memoria? Conozco personas que, avergonzadas, consultan en la agenda del teléfono celular su propio número telefónico, no porque sean incapaces de memorizarlo sino porque, sencillamente, no necesitan recordar.
Nuestra vida diaria depende de los archivos virtuales en los que se registra nuestro paso por este mundo: ¿Olvidaste el nombre del lugar en el que verás a tus compañeros de trabajo? Un mensaje de texto soluciona el problema. ¿No recuerdas la fecha exacta en la que cumple años algún familiar? Facebook te saca del apuro. ¿No recuerdas qué ruta debes tomar? Un GPS o un mapa virtual te indican el camino. El simple hecho de imaginar que “toda esa información” puede desaparecer estremece a cualquiera que le haya concedido tanta confianza a la tecnología. Nos gusta acumular, ya lo sabíamos, pero ahora lo hacemos fuera de nuestra cabeza porque la bandeja de entrada de nuestro correo electrónico no se satura: fotografías, recados, proyectos, conversaciones, todo está “ahí” esperando que se le convoque desde este lado de la realidad. Los motores de búsqueda de Google, por ejemplo, simplifican cualquier pesquisa, basta una palabra, apenas un rasgo de lo que evocamos para poder jalar la punta del hilo que habrá de devolvernos nuestro pasado. El asunto es que dejamos de realizar asociaciones mentales, ya no nos esforzamos como antes (apenas diez o quince años atrás) por recordar el nombre de una calle, el título de un libro, el nombre del insecto que nos llenó de asombro. La red de nuestra memoria cada vez retiene menos detalles, va perdiendo su sentido, se aligera. Con la llegada de las nuevos medios de comunicación comenzó a rondarnos la idea de la desaparición del libro, pero creo que lo verdaderamente preocupante es el ocaso de nuestra memoria pues tal parece que, en lugar de ejercitarla, alimentamos devotamente con nuestros recuerdos (tributo cotidiano) a la diosa-internet.














Tomado de Bitácora Bifronte, mi columna en La jornada semanal. 11 de diciembre de 2011

jueves, 1 de diciembre de 2011

¿QUÉ MIRA EL CRISTO DE ZACATECAS?






Para Leonardo Bazán Olvera


En el museo de Guadalupe, Zacatecas, México, se exhibe un cuadro que visito religiosamente cada vez que puedo: Ecce homo, un óleo en pequeño formato y de autor anónimo que data de la época novohispana. El título anuncia la sencillez temática del cuadro: la figura semidesnuda y llagada de Cristo, emergiendo de las sombras de una habitación de piedra, en cuya cabeza reposa una corona de espinas, atado con una cuerda que le rodea el cuello y desciende hasta sus brazos cruzados; una vara a manera de cetro es apenas sostenida por una de sus manos. Se trata del momento en que Poncio Pilatos pronuncia la célebre frase en latín Ecce homo (“He aquí el hombre”) para presentar a Cristo frente a los judíos después de haber sido torturado. El cuadro podría ser una representación más del trágico y conocido pasaje de la Pasión excepto por un detalle: está pintado por ambas caras; la otra faz, a la que llamaremos “reverso”, muestra la espalda descarnada de Cristo y frente a él, ahora frente a nosotros, se revela un cielo hermosamente azul, tan azul que podría confundirse con una ventana ovalada en la fría sala del Museo.
Desde la primera vez que vi Ecce homo, experimenté una conmoción al tratar de responder la pregunta que en mí nacía: ¿Qué mira el Cristo de Zacatecas? Concluí que, mientras nosotros miramos la imagen humillada del hijo de Dios, el Cristo parece contemplar a sus verdugos y perseguidores, pero al conocer el reverso del cuadro comprendemos que más allá de lo terreno se erige un cielo, un paraíso que se pronuncia real y que, al manifestarse etéreo, se ostenta como una expresión de la paz y el sosiego, en donde la angustia se transforma en entendimiento, acaso en perdón. Pero me gusta pensar que el cuadro propone otra lectura, la de un Cristo que, al advertir esa transparencia, guía nuestros ojos por un sendero distinto, quizá el mismo que señalan los versos de aquel poema llamado “Mi corazón se amerita…” del zacatecano que también murió a los treinta y tres años, Ramón López Velarde, quien se autonombraba “un sacristán fallido”: “Mi corazón, leal, se amerita en la sombra./ Desde una cumbre enhiesta yo lo he de lanzar/ como sangriento disco a la hoguera solar./ Así extirparé el cáncer de mi fatiga dura […]” De esta manera, entre el cuadro y el poema, entre la imagen y el canto, hay una forma de librarnos del dolor y la culpa, de “la fatiga dura” y cotidiana que se nos ha impuesto como una manera de entender el mundo. Por eso tengo la certeza de que, desde su anonimato, el autor de Ecce homo captura la expresión más pura de la fe en la doble mirada, la de Cristo que observa el cielo que rige sobre sus asesinos, y la nuestra, aquella mirada que tiene dos opciones: ver a Cristo cautivo o, a su lado, mirar lo que Él mira.












Tomado de Bitácora Bifronte, mi columna en La Jornada Semanal...Domingo 20 de noviembre de 2011

viernes, 30 de septiembre de 2011

Ahora que explotan artefactos en Tuxpan, Veracruz…


Ilustración de Cintia Bolio


Para mis amigos en Tuxpan

Ahora que explotan artefactos en las calles de Tuxpan, Veracruz, la nostalgia también detona en mí su inextinguible resplandor mientras recuerdo la época en que transcurrió el final de mi infancia y el principio de mi adolescencia, aquellos días cuando sentí la necesidad de escribir el asombro que me produjo una tormenta marina: “Los truenos gritan su soledad/ y en un parpadeo se agrieta el cielo./ De vez en vez/ la playa se ilumina,/ el mar intenta levantarse/ entre manotazos de agua y espuma.”

Ahora que explotan artefactos en Tuxpan, el polvo parece cubrir, desde la memoria, aquel mundo en el que, sin temor alguno, iba de pesca con mis compañeros de escuela: “Ahora voy de pesca al río/ hermana/ sin más sedal que mi mirada/ ¿Mi caña?/ Es una flauta de carrizo/ Los peces danzan con música”, como dicen los versos del poeta tuxpeño José Luis Rivas, cuya obra es el mapa poético de una geografía tropical de antaño que hoy es un paisaje militar en donde los muchachos ya no celebran la vida junto al río.

Ahora que explotan artefactos en “el puerto de los bellos atardeceres”, intuyo que los lugares, como las personas, también tienen un pasado que no habrá de volver. Las calles y los parques que recorrí (con mi familia, con mis amigos o a solas) ahora se convierten en escombros diseñados por los ayuntamientos, nada honorables, que al “remodelar” la ciudad sólo “maquillan” las ruinas que van dejando en su ambición.

Ahora que explotan artefactos en las calles me pregunto de qué sirven los puentes si sólo transitan por ellos el abuso y el rumor, la desinformación y el desamparo, cuando antes fueron la alegría y la fraternidad las que daban vida a las horas veraniegas.

Ahora que explotan artefactos en muchas partes de México, presiento que el futuro no se plantea como una compleja fórmula del matemático tuxpeño José Adem sino como un huracán similar a los que antes han azotado las casas del puerto, con la diferencia de que este huracán se llama “crimen organizado” y se rige por una meteorología de la violencia y el miedo.

Ahora que explotan artefactos en Tuxpan me pregunto por qué, de pronto, un puerto está a la deriva, por qué cada ciudad se ha convertido en una isla, por qué México es un archipiélago en donde no distinguimos a piratas de aliados, por qué los faros han cambiado sus destellos por gritos de auxilio y confusión y, tristemente, evoco las palabras del poeta Manuel Maples Arce, quien en los años treinta representó a Tuxpan como diputado en el Congreso de la Unión: “La metralla/ hace saltar pedazos de silencio./ Las calles/ sonoras y desiertas,/ son ríos de sombra/ que van a dar al mar,/ y el cielo, deshilachado,/ es la nueva/ bandera/ que flamea/ sobre la ciudad.”

Ahora que explotan artefactos en las calles de Tuxpan, Veracruz…


dE bITÁCORA bIFRONTE EN LA JORNADA SEMANAL

sábado, 13 de agosto de 2011

AQUÍ / HERE / OCTAVIO PAZ. TRADUCCIÓN EDUARDO ESTALA ROJAS

AQUÍ


Octavio Paz




Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde


Sólo es real la niebla.




HERE


Octavio Paz




My footsteps on this street
Resound
In another street
Where
I hear my footsteps
Stepping on this street
Where


Only the mist is real.






Translated by Eduardo Estala Rojas.


SE PUBLICA ANTOLOGÍA DE POESÍA MEXICANA EN PARÍS, FRANCIA

Se publicó en París, Francia Un siécle de poésie mexicaine (Un siglo de poesía mexicana), una panorámica muestra de poetas mexicanos que abarca un siglo de tradición poética. Esta antología fue preparada por el poeta canadiense Claude Beausoleil, quien nació en 1948 en Montréal, Canadá, y quien es poeta, novelista y crítico. Los poemas compilados en esta importante obra fueron completamente traducidos al francés por diversos traductores y poetas con la finalidad de conservar el tono poético y ofrecer al lector en lengua francesa las diversas rutas que la poesía mexicana ha explorado, este panorama se clarifica con el extenso y profundo prólogo que preparó Claude Beausoleil para mostrar los contextos históricos y estéticos en los que los poetas mexicanos han desarrollado su obra.
Algunos de los autores incluidos son: Ramón López Velarde, José Juan Tabalada, Carlos Pellicer, Manuel Maples Arce, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Eduardo Lizalde, Juan Bañuelos, José Carlos Becerra, José Emilio Pacheco, José Luis Rivas, Efraín Bartolomé, Coral Bracho, Verónica Volkow, Silvia Tomasa Rivera, Luis Armenta Malpica, Jair Cortés y Alí Calderón.